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Taberna Gonzalo Molina no se cierra_ La Oveja Taberna Gonzalo Molina no se cierra_ La Oveja (2) Taberna Gonzalo Molina no se cierra_ La Oveja (3)

CONTRA EL DESHAUCIO Y CIERRE DE LA TABERNA GONZALO MOLINA, LUGAR DE ENCUENTRO DE LA EDITORA LA OVEJA NEGRA.

Los abajo firmantes nos hemos constituido en plataforma ciudadana con el objeto de elevar un muro de palabras y acciones que impida la desaparición de un lugar tan entrañable y emblemático del patrimonio cultural de Sevilla como es la Taberna de Gonzalo Molina, en la esquina de Relator con Parras, en pleno barrio del Pumarejo, en la Macarena.

Ahora que el centro de nuestra ciudad, por paradójico que pueda parecernos, corre el peligro cierto de convertirse de forma acelerada en un lugar sin vida, en un decorado sin aliento, en aquello que los antropólogos han denominado un no-lugar. Exáctamente lo contrario de lo que cualquiera que nos visite desea experimentar.

Con la Taberna de Gonzalo Molina, cuyo titular se halla en riesgo inmediato de un lanzamiento por desahucio, desaparecería no sólo un lugar de encuentros artísticos, literarios y humanos de honda y viva raigambre popular, sino incluso la materialidad misma de una estructura decorativa del siglo XIX, anterior al modernismo. Y, por supuesto, la labor entregada y cotidiana de un excelente amigo de todos, Manuel Molina Gómez, «Gonzalo Molina», tabernero, poeta y actor, cuyo único delito ha consistido en ejercer desde la mayor humildad un trabajo permanente de hostelería y de difusión del arte y la cultura de cuyos inicios se cumplen ahora más de sesenta años, a través de la dedicación consecutiva de tres generaciones de familias honestas.

Una sentencia de la sección octava de la Audiencia Provincial de Sevilla ha decidido que el tiempo de la taberna de Gonzalo se ha terminado. Revoca otra anterior del juzgado de primera instancia nº 22 que había decidido lo contrario. No lo hace aplicando la letra de la ley ni la del contrato de arrendamiento. Lo hace aplicando su particular sentido de la justicia, pues entiende, sin más fundamento que lo que ellos interpretan como el criterio social mayoritario, que Gonzalo lleva demasiado tiempo arrendado, causando por ello a la propiedad un daño abusivo. No explica de dónde deduce ese sentir social mayoritario, ni en qué consiste ese daño, ni lo compara con el que sufrirá Gonzalo. Por eso es imprescindible que le demostremos lo contrario: que el sentir del vecindario es que Gonzalo se quede. Que el sentir del pueblo de Sevilla es que la ciudad no se convierta en un escaparate para el turismo.

Por todo ello, pedimos que se tengan en cuenta todas estas consideraciones para que un honrado trabajador, que abre el espacio de su dedicación diaria al arte, a la cultura y al diálogo fraternal, no sufra en sus carnes las graves consecuencias de una especulación que —de forma más o menos directa— se ve favorecida por la reciente ley de arrendamientos urbanos, ni pierda nuestra ciudad —que, si no ponemos remedio, va a ir quedándose, cada vez más, en cruz y en cuadro— otro de sus establecimientos históricos.

Sevilla, Febrero de 2015

TABERNA GONZALO NO SE CIERRA

https://www.change.org/p/taberna-gonzalo-no-se-cierra-evitar-el-cierre-de-la-taberna-gonzalo-patrimonio-de-la-ciudad-de-sevilla?recruiter=228267531&utm_source=share_petition&utm_medium=email&utm_campaign=share_email_responsive

Después de solventar algunos contratiempos técnicos, al fin podemos ofreceros esta nueva publicación totalmente en color formada por unos desgarradores poemas de este poeta de barrio que es Juan Cuevas, junto con unas deslumbrantes ilustraciones de Fausto Esparza y todo ello aderezado con la espectacular prosa de Agustín María García López para el prólogo y el colofón. Un gran trío que, estoy seguro, les harán disfrutar.

De momento sólo podéis encontrar estos ejemplares en la taberna de Gonzalo (esquina Relator con Parras) y en la carbonería de la calle Parras –(la de verdad, esa en la que aún siguen vendiendo carbón). Cuando lo tengan en otros puntos de venta os lo haremos saber, así como el día, la hora y el lugar de la presentación oficial. Tan sólo esperamos que os guste.

 

De Fausto

ANGEL CAÍDO
 
 Hay veces en las que olvido desenredar las pelusas que el viento ofrece a mi vuelo subterráneo.
 Se me cubren entonces de sangre las rosas que guardo más allá de mi boca, al fondo del silencio.
 Donde la palabra apura su último grito.
 
 He saltado desde el trampolín crujiente de erizos insomnes, enloquecidos por sirenas de rota voz de caracola.
 Ante mí, dunas sangradas con canciones de arrecife, equilibrio tardío para mis párpados deshechos por las nubes.
 
 En turbio amor a la raíz de la memoria, mis extremidades han estirado el humo de mi cerebro.
 Percibo el sabor extraño al deshojar los pétalos en la atmósfera callada.
 
 Alrededor de un sol con escamas de luz amapola, desciendo como una semilla incendiada.
 Los dioses juegan a remendar el deseo que ha escapado de los ojos de la lluvia, y yo reordeno el azufre que esparciré sobre la tierra tan gastada.

Lecturas y encuentros

Presentación del cuaderno Cartas a los Reyes Magos desde una Taberna
Martes, 14 de diciembre de 2010 a las 14:00
Taberna Gonzalo Molina (calle Relator esquina con Parras)

Ya tenemos un nuevo cuaderno de La Oveja Negra. Esta vez es una selección de las cartas a los Reyes Magos colocadas por las paredes de la taberna de Gonzalo las navidades pasadas. Año 2010.




de la autora INMACULADA SOLÍS.

El pasado 1 de julio de 2010.

Pza. Pumarejo. 21 horas.

Agradecimientos: Luis Aguilar.

Escribir es poner sobre el papel todo aquello que nos emociona; las experiencias que han dejado una huella profunda en nuestro deambular por la vida. Es reflexionar sobre las realidades que nos rodean. Escribir es expresar la emoción que nos produce admirar una obra de arte, o una música que nos mueve los adentros. Es poner –la mayoría de las veces, intentar– palabras a los acontecimientos más extravagantes o entrañables de la existencia. Es hablar de esos días agrios y largos que no sabemos cómo vivir. Es expresar –sabiendo que las palabras son escasas e imprecisas– la convulsión que supone el amor, el nacimiento de un hijo; las muertes de los seres queridos. Escribir es conformarse –humildemente– nombrando de forma incierta y aproximada los miedos al paso del tiempo, a la rutina, al desamor, a lo efímero -más de lo que debiera- de la felicidad. Escribir es atreverse a ponerle nombre a la vida –que no es poco–. Esta pequeña biografía creativa solo pretende compartir algo de lo que he sentido en un periodo de mi vida, que ya se acerca al ecuador de los que –sin duda– los dioses me tienen destinado.

Gonzw



QUIERO SER VIENTO AMABLE

CAMINO EN BLANCO Y AIRE  …

Espacio Rosa Moreno

Es un espacio creado y gestionado por el propio vecindario. Acceso a la cultura de forma gratuita.

portada-sebastian

 

¡No te lo puedes creer Catherine!  -Pepe Narbona-

Sebastian apartó la cafetera del hornillo y se preparó un café a su gusto. Cogió unos bollitos rellenos de chocolate y una naranja, con todo en una bandeja salió al patio. Puso las cosas sobre la mesa y se sentó a desayunar. Cada mañana repetía la misma operación desde que habitaba en esa casa, en la que, por cierto, no llevaba mucho tiempo. Fue después de que tuvo que despedirse o fue despedido de su último trabajo, -es más, Sebastian tendría que preguntarse algún día, aunque no lo hará, que porqué le duran tan poco los trabajos-. El hecho es, que la empresa de rotulación “El Rótulo Permanente”, por negarse a realizar trabajo alguno que no fuera con los pies en el suelo, o con mucho, a un cuerpo de andamio de altura, debido al “mosqueo” que le causaba, como él decía, “el vacío”; la empresa lo puso de patas en la calle.
Fue entonces cuando dejó el apartamento estrecho del bulevar ORLY y encontró, a buen precio, tan bonita casa en el pueblo de Huertas de Arriba; “a fin de cuentas sin trabajo en la ciudad, mejor y más barato será cambiar de aires”. Eso se dijo.
Había tenido suerte, necesitaba un espacio para su taller. aparte de lo imprescindible en una casa; y ésta, además de amplia, tenía un “maravilloso patio”. “Intimo”, pensó, “me gusta”. Estaba  rodeado por una alta tapia, cubierta en su mayor parte de hiedra y con arriates plantados de rosales; con un limonero en un extremo y un frondoso jazmín en el otro. Ya sabía él, que por lo que pagaba allí… Pensó que había tomado una buena decisión, que la casa era un gran hallazgo; y que ya se buscaría allí la vida con chapuzas, además de sus inventos y artesanías.
Con estas reflexiones terminó el refrigerio, sorbiendo el último trago de café ya casi frío, que por otra parte a él no le importa. Se levantó sin prisas, entró en la casa, fue a la cocina; se
quedó ensimismado tocándose la barbilla mirando por la ventana. Así estaba cuando un pájaro de buen tamaño y larga cola se posó en una rama del limonero. Sebastian se interesó ante la belleza de su larga cola que entre las hojas del árbol se le veía mover.
En medio del patio, sobre la mesa, estaban los restos del desayuno, con algo de bizcocho de chocolate y naranja. La ventana estaba algo en penumbra al estar debajo del emparrado.  Seguramente ante la calma y aparente soledad del lugar, después de unos instantes, el pájaro dio una voletada posándose en la mesa.
Sebastian desde su observatorio asistió al hecho, llamándole la atención algo brillante que en su pico llevaba. Lo soltó y empezó a picotear en el bizcocho. Era un bello pájaro de plumaje brillante  negro verdoso y con una larga cola blanca.
Sebastian asomó la cabeza por la puerta silbando suavemente con la ingenua idea de que se quedaría allí. El pájaro nada más verlo levantó el vuelo y se fue. Se acercó a la mesa y entonces vio asombrado que era una moneda lo que en el pico llevaba. “¡Una moneda! ¡Una moneda de un euro¡”. Se quedó perplejo mirándola, la cogió, le dio la vuelta, no cabía duda era un euro.
A Sebastian, fascinado por el hecho, no dejaba de bullirle la mente. Entró en la casa después de comprobar que el pájaro no volvía; se fue directo a buscar un libro que tenía de “aves del mundo”. Comprobó que se trataba de una urraca, de la familia de las cornejas; le llamó la atención la costumbre que tienen de llevar pequeños objetos brillantes a su nido. “Urraca, vaya nombre” “¡una pájara!, ¡pajarilla!”.
Sebastian pensó que seguramente tendría el nido cerca; detrás de la tapia estaba el campo, había grandes árboles y se veía y se oía el bullir de pájaros que iban y venían. Imaginaba diversas versiones de cómo la urraca le había traído la moneda. Concluyó, que de paso a su nido, con la moneda que había cogido caída en cualquier lugar perdida por alguien se paró por el motivo que fuese en el limonero antes de volar a su nido. Al ver los restos de comida y la tranquilidad aparente decidió aprovechar la ocasión; después, al sobresaltarse, se fue dejando la moneda allí.
De cualquier forma, para Sebastian la experiencia fue un fogonazo en su imaginación, ya de por si desbordante; pensó qué, sin duda, aquello era un signo de buena suerte.
Después se dedicó a sus tareas, aunque sin olvidarse del todo del asunto.
A la mañana siguiente se levantó más temprano de lo habitual, como si algo le hubiera empujado de la cama. Después de espabilarse fue a la cocina y como hacía siempre miró primero por la ventana. La mañana resplandecía bajo un cielo limpio y un sol brillante. Preparó el desayuno, dudó un instante, “¿dentro, fuera?”. Decidió tomarlo en la cocina; tenía una mesa delante de la ventana desde donde era agradable, desayunando, ver el patio. No obstante, antes de sentarse, salió al patio con un trozo de bizcocho y media manzana dejándolos sobre la mesa.
Su imaginación se había despertado con el nuevo día estimulada por lo acontecido, “y si viene otra vez”, pensaba.
Desayunó con tranquilidad, como, por cierto, había hecho durante toda su vida, “tranquilo Sebastian”. Dejó pasar el tiempo esperando el milagro.
Pasarían diez minutos desde que hubo terminado el desayuno y ya pensaba levantarse y olvidarse del asunto, cuando con los ojos como platos, vio como el pájaro, con su vuelo elegante y ese curioso movimiento de su larga cola, se posaba en una rama del limonero. Sebastian, sin mover una pestaña y con la boca abierta, contempló al lindo pájaro que, sin duda, tenía algo brillante en su pico. Desplegó las alas, de un impulso saltó a la mesa y soltando su tesoro empezó a picotear del bizcocho y la manzana; lo hacía con fruición, aunque inquieto, parecía satisfecho con el hallazgo alimenticio. Un golpe de viento inesperado hizo rodar algo por el suelo, y con el bocado que tenía en el pico levantó el vuelo y se fue.
Sebastian se incorporó como un resorte y salió al patio con el asombro reflejado en sus ojos. De nuevo era una moneda de euro.
-¡Ole! ¡Ole el pájaro! dijo Sebastian dando vueltas a la moneda.
Durante todo el día fantaseó hablando sólo, como por otra parte solía hacer. Reía, canturreaba: “tran tran tran mi pajarilla volverá”. Se veía como el protagonista de un cuento. “Si no fuera por las monedas pensaría que estoy alucinando”.
Se acostó inquieto. Se levantó temprano; pronto estuvo en su observatorio de la cocina. Comenzó a desayunar mientras observaba la mesa del patio, en la que, previamente, había dejado algo de comida. Esperó lleno de dudas: “Es absurdo Sebastian, no le des más vueltas”. “No puede ser”.
Pero el pájaro apareció de nuevo. Hizo igual que los días previos y, no sólo fue así, sino que, al día siguiente ocurrió igual, y al siguiente y al siguiente, y así varios días ante el asombro y el desborde de fantasía que inundó la imaginación de Sebastian, que hablaba solo, soltaba carcajadas y canturreaba eso de: “tran tran tran mi pajarilla volverá”.
“Hoy hace una semana que viene; por tanto tengo siete euros. A un euro diario me dejará treinta euros al mes”, fantaseaba de esa manera.
“No se lo puedo decir a nadie”. Estaba tentado de decírselo al “Mollete”, a Antonio el “Mollete”, trabaja en la panadería; tiene la cara y la cabeza como su mote; todos le dicen “Mollete” y a él no le molesta. Se toman copas juntos, han hecho ligas; a Sebastian le hace gracia su simpleza, su forma de hablar con raras expresiones y esa manera de derivar la á en é al final de palabra.
-¡Imposible!-, levantó la voz El tesoro tiene que salir de algún sitio y aquí se conoce todo el mundo, más o menos. ¡Así que nada de decirlo!, ¡nada! lo tenía claro. Así pasaron varios días.
Una mañana, Sebastian, en su observatorio de la cocina, comiendo bizcocho y bebiendo café, esperaba la aparición de su “pajarilla”. Y apareció, posándose como hacia siempre, en el limonero antes de saltar a la mesa.
Sebastian observó que esta vez era algo diferente lo que en su pico llevaba: algo brillante, plateado, pero alargado, como un palito, o un papel. Aguantó la respiración; el pájaro se dejo caer hacia la mesa desplegando las alas, soltó lo que traía y picoteó la comida. Cuando Sebastian consideró que ya era suficiente, (había llegado a la conclusión, que llegado un momento, quizás fuese mejor sobresaltarla con un pequeño ruido, y que así, en su apremio, no se llevara la moneda). Aunque a veces dudaba: “¡Si quisiera la cogería y saldría pitando!, yo creo que sí. ¡La deja por que quiere!; yo le doy de comer y ella me trae una moneda, está claro”.
En ese momento, Sebastian, que había permanecido sin hacer el más mínimo ruido, lo hizo, y el ave levantó el vuelo y se fue.
Salió presuroso al patio lleno de curiosidad por ver lo que traía. Era un billete. “¡Un billete de cinco euros!”, plisado varias veces con la banda plateada bien visible. Un billete de cinco excedía ya cualquier razonamiento, esto le hizo desvariar un buen rato; quería que las horas volaran y, que de pronto, fuera mañana por la mañana.
“Voy a llamar a Catherine”. Dudó; la última vez que hablaron, ella le dijo literalmente: “¡Olvídame Sebastian! ¡Pájaro! ¡Pajarraco!”.
Llamó no obstante.
-Catherine, Catherine.
-¡Qué pasa Sebastian!- contestó ella con voz imperiosa y molesta.
-¡Escucha! ¡No te lo puedes creer Catherine!.
-¡No empecemos Sebastian!
-De verdad Catherine, ¡un pájaro me trae a mi patio monedas de euro, y hoy un billete de a cinco!.
-¡Eh eh eh! ¡Tranquilo!, vete a contar cuentos a otra. ¡Tú si que eres un pájaro! ¡Pajarraco!Colgó sin más.  “Me lo temía”.
Esa noche la pasó en duermevela, y por la mañana estaba presto en su observatorio.
Pero no, no apareció, paso un buen rato y no apareció, ni ese día, ni los sucesivos, ya no volvió.
Sebastian se hizo mil conjeturas, pero en definitiva el pájaro ya no volvió.
“Bueno” pensó, “mi gozo en un pozo”. “El cuento se acabó. Haré un cuadro recordándolo, lo pintaré”. Pensó esto con esa rara habilidad, tanto para entusiasmarse, como para pasar página.
Varios días después, el “Mollete” se pasó por su casa, y le contó, que en “El Cuatro Caminos” escuchó al ferretero Guzmán, de cerveza hasta las “trancas”, maldecir dando voces, a un pájaro ladrón que le robaba el dinero.
“Ese cabrón ya no roba más”, eso decía dando risotadas.
Hay que decir que el ferretero tiene un vicio: las máquinas tragaperras; cuando cierra la tienda siempre se va un rato al bar, y entre cerveza y cerveza echa euros a la máquina. Guzmán el ferretero vive solo, en un extremo del pueblo, en una casita de dos plantas; su dormitorio está en la planta alta. Su costumbre es soltar, cuando llega, las monedas sobrantes que le han quedado en el bolsillo; las deja en un platillo sobre una mesa arrimada a la ventana. Aunque después las vuelva a coger, deja siempre algunas.
Le gusta verlas, dada su afición puede entenderse. “Moneditas”.
Cuando sale por la mañana deja la ventana abierta para ventilar. Es de suponer, que a media mañana el sol, ya vivo, entrando por la ventana iluminara la mesa situada junto a ella, haciendo brillar el metal de las monedas.
Seguramente pudo suceder así. El lugar a esa hora estaba tranquilo y la urraca después de revolotear por aquellos espacios abiertos y sentirse atraída por el destello brillante; fue y vino, hasta que tranquilizada por el silencio se posó en el alfeizar de la ventana, estuvo así unos instantes, después saltó a la mesa, cogió en su pico un euro y se fue volando. Así mismo haría los días siguientes.
Esto no lo sabía el ferretero, aunque había empezado a dudar; a veces dejaba pocas monedas y no tenía claro si debía haber las que había.
Un día volvió sobre sus pasos, ya que había olvidado llevarse unas facturas. En la mesita de la ventana, junto al platillo de las monedas, tenía una hucha en la que echaba billetes de cuando en cuando. Esa mañana, antes de salir, tuvo la intención de introducir uno de “a cinco”, que ya tenía plisado para que entrara por la ranura, cuando lo llamaron por teléfono y en la premura lo dejó en el platillo.
Cuando el ferretero, buscando las facturas entró en la habitación, sorprendió a la urraca con “el pico en la masa”; ésta salió volando huyendo con el billete.
“¡Ladrón!, ¡tus muertos!”. Esos y otros improperios le lanzó Guzmán al pájaro queriéndose salir por la ventana. “¡Me las pagarás, ladrón!”.
Cosas así oyó el “Mollete” y cuantos estaban en el “Cuatro Caminos”.
La otra gran afición de Guzmán el ferretero, la cacería, hizo que se le despertara su instinto depredador: “¡Lo mato!”.
A la mañana siguiente, cargó la escopeta, abrió la ventana, se escondió detrás de la cortina; la vio venir, apuntó, y cuando se posó en el alfeizar, le disparó a bocajarro quebrando incluso un cristal de la ventana.
“¡Toma cabrón!”.
-¡Qué barbaridad! ¡Qué bestia!.
-Sebastian, te tienes que poner un poco en el lugar del hombre; hay que comprender, que el hombre miraba también por lo suyo.
-Sí, pero que barbaridad “Mollete”. ¡Pobre Pajarilla!.
-¿Dónde tendrá el “nío” ese pájaro, Sebastian?.
-Sabe Dios “Mollete”.